jueves, 19 de agosto de 2010

Broche de oro al viaje con el carnaval de Brasil

Si algo teníamos claro cuando tomamos nuestro primer vuelo hasta Moscú, era nuestro último destino, el carnaval de Brasil (muy tontos no somos no). Y tras muchos problemas con nuestro querido billete de vuelta al mundo, que durante muchos meses nos hicieron dudar de poder cumplir nuestra “última voluntad”, finalmente esta se hizo realidad.

Tras aterrizar en Sao Paolo, conexión en tiempo record para coger otro vuelo a Belo Horizonte, la tercera capital del país y el corazón del estado de Minas Gerais. Hicimos noche sin más historia en una ciudad financiera que no se corresponde a su idílico nombre, para al día siguiente emprender camino hacia el lugar escogido para pasar el carnaval, la localidad colonial de Ouro Preto.


Nada más llegar me quede impresionado por la ciudad. Cientos de edificios coloniales, engullidos por un paisaje de morros, donde solo las iglesias superan en altura a sus coloridos edificios de dos plantas.

Y si como ya digo, en cualquier época del año merecería una visita, ni os cuento en carnaval. Calles y barras repletas de gente por el día y por la noche. Exuberantes comparsas de baile recorriendo sus calles. Divertidos “blocos” (conciertos) de música brasileira. Y lo más especial, cientos y cientos de pisos de estudiantes, cuyas espaciosas residencias de dos plantas, dan lugar a improvisados centros de hospedaje y ocio para los visitantes (las repúblicas), que hacen que los habitantes de dichas casas se multipliquen por 10, 20 o 30, y posibilitan que los estudiantes consigan ingresos extras para el resto del año.

Con este ambiente a nuestro alrededor, y divertidamente acompañados por unos compañeros de trabajo de Juan Fran, no es de extrañar que al tercer día viéramos con pavor que todavía teníamos dos días más de carnaval por delante, cuando no éramos capaces ya casi de levantarnos de la cama.

Tras dar por finalizado nuestro primer que no último carnaval, decidimos pasar unos días relajados en el pueblo de Cumbucu, cerca de la ciudad de Fortaleza. Destino elegido por ser de los mejores de Brasil para poder hacer kite-surt, peso a que estábamos casi fuera de temporada. La laguna conocida como Cauipe es un sitio perfecto para aprender a marchas forzadas por su falta de oleaje, y permitió que diéramos los primeros pasos para dejar de parecer una “gallina” sobre la tabla.

Como despida, nos dimos un homenaje de cena y copas en Fortaleza, el fin de semana antes de coger el vuelo de vuelta, y nos despedimos de un país donde la alegría de vivir que rebosa su gente fue idóneo para terminar con una sonrisa un viaje que ha colmado la más alta de las expectativas que pudiera tener puestas en él.

Y como no, para todo aquellos que duden o se estén pensando realizar una experiencia similar, no me queda más que animaros a cumplir una aventura que a veces recuerdo como si hubiera sido un sueño. Y es que por muchas inconvenientes que puedan aparecer para llevarlo a cabo, una cosa esta clara para esto y para todo en la vida: “where there is a will there is a way”, como decía Cory.


De 19. Brasil

martes, 9 de marzo de 2010

Argentina. Maradona y mucho más

Muchas ganas tenía de conocer Argentina y no me decepcionó. Cuantas cosas compartimos con los habitantes de este extenso y hermoso país. Eso sí, en lo que nos ganan sin duda es en su querencia a hablar del todo y de la nada. Que fácil y divertido entablar conversación con cualquier Argentino en cualquier lugar (lo de los taxistas es un show), sobre política, economía, y como no, sobre Maradona, en un país futbolero a más no poder. Como nos dijo un taxista la opinión generalizada es que “Dios le dio talento en las piernas pero no en la cabeza”.

El país tiene muchas y muy variadas bellezas naturales que no dan tiempo a visitar en 20 días, que fue los que pasamos en el país albiceleste. Comenzamos nuestra ruta por Buenos Aires, visitando durante los días que estuvimos allí los típicos sitios turísticos (barrio de Palermo, de Boca, …). Una ciudad urbanizada como un tablero de ajedrez donde muchos de sus rincones recuerdan a Madrid como ninguna otra, y que seguramente, por su extensa y variada oferta, sea más una ciudad para vivir un tiempo que para visitar en 3 días.

De Buenos Aires nos plantamos en la estación de autobuses sin un destino claro, y mal recomendados, nos dirigimos al sur a la costera ciudad de Mar del Plata. En los cuatro días en dicho entramado de rascacielos, mi concepción del significado “esto esta petao” ha cambiado radicalmente. Esta ciudad que no es más que una nube de edificios de cemento compartiendo un reducido espacio, casi no deja respirar, y ya no os cuento descansar. Como ejemplo, os cuento que dos veces hicimos el amago de ir a la playa a bañarnos, pero llegábamos tan cansados a la orilla de la playa esquivando sombrillas, niños, abuelas y neveras, que las dos veces volvimos al hostal con las cabeza entre las piernas sin haber completado nuestra misión.

Por tanto, lo antes posible continuamos viaje. Esta vez más informados y mejor recomendados fuimos en agotador viaje en autobús de casi un día (los vuelos o los coges de antemano o son carísimos) a la espectacular región de los lagos, pegada a los andes en la frontera con Chile. En concreto nos hospedamos en San Carlos de Bariloche. Puerta de entrada de la Patagonia, donde es posible contemplar los glaciares entre interminables lagos que más parecen mares. Desde Bariloche recorrimos en bicicleta el camino conocido como el circuito chico de 35 kilómetros, donde lo mejor es la subida al cerro Campanario para contemplar las vistas. También nos alquilamos un coche para recorrer el camino conocido como “de los 7 lagos” hasta el imponente pueblo de San Martín de los Andes. La parte sur de la Patagonia, como la visita el Perito Moreno o Calafate, la dejamos para otra ocasión.

De Bariloche, otro día de autobús hasta la región de Mendoza con el objetivo de conocer las montañas más elevadas de los Andes. Nuestra base fue la localidad de Uspallata, enclavada en un valle entre picos de más de 5 mil metros en la cordillera que en estas latitudes se presenta como un conjunto de escarpados picos que recuerdan a la asiática Himalaya. Como lo más destacado la visita a la base del pico más elevado fuera del Himalaya, el Aconcagua. Donde desde poco más de 2 mil metros es posible contemplar cómo se alza majestuoso hasta los casi 7 mil.

Tras pasar una noche en la agradable y arbolada ciudad de Mendoza, famosa por sus vinos que no dejamos de probar, continuamos camino hasta Córdoba. Conocida por ser la que mejor conserva los edificios coloniales en Argentina, como ciudad poco tiene que ver. Convertida en ciudad estudiantil con más de 100 mil alumnos, sus noches se convierten en una caldera de jóvenes, donde los locales no dan a vasto y las colas se suceden desesperantes por toda la ciudad. Lo que si aprovechamos es para una visita de dos días por la sierra central cordobesa, haciendo noche en la veraniega localidad de Carlos Paz. Una sierra agradable que guarda similitudes con cualquier sierra del centro sur de España, pero que tampoco resulta nada espectacular.

Y vuelta a Buenos Aires, donde tras pasar una agradable cena con unos parientes lejanos de Juan Fran, nos encaminamos hacia tierras Brasileiras.


18. Argentina

sábado, 20 de febrero de 2010

El largo camino hasta Chile. Enhorabuena Charly y Evelyn !!!

Tras casi seis meses en Asia el último mes del viaje decidimos pasarlo en Sudamérica, en lo que ha resultado ser un periodo de descompresión ante nuestro inminente aterrizaje en España. Y es que si en Filipinas ya nos encontramos un poco más cerca de casa, en Sudamérica que os voy a contar. La parte más de aventura se daba por terminada y un periodo de un mes más cercano a unas vacaciones daba comienzo

El viaje desde Boracay hasta Santiago de Chile un cansado trasiego de aviones. Desde Boracay (aeropuerto de Calibo) vuelo a Manila y desde allí hasta Bangkok. Hicimos noche en el aeropuerto para continuar hasta Singapur y enlazar otro vuelo hasta Brisbane. En Brisbane nos quedamos un par de días y alquilamos un coche para visitar las playas de la costa conocida como Sunshine al norte de la ciudad. De vuelta a la civilización occidental, y lo que es más duro, a los precios anglosajones, y es que hasta pedirnos una botella de agua nos dolía en el alma después de estar acostumbrados a los "regalos" asiáticos.

De Brisbane volamos a Auckland, donde pasamos otro par de días pero del que poco os puedo contar, ya que fue el comienzo de la única semana enfermo que he pasado durante todo el viaje, y casi no salí del hostal. Dos países para visitar en otro momento y sin duda con otra mentalidad de viaje. Algo hay que dejarse para otras ocasiones.

De Auckland por fin vuelo directo hasta Santiago de Chile, donde nos esperaba en el aeropuerto nuestro amigo albaceteño Sir Charlsss con una orgullosa sonrisa en la boca, ya que el día anterior había sido padre junto a Evelyn de una niña llamada Cristina de nada más que casi 4 kg de peso. Es lo que tiene el gen Tarancon.

Cuatro días en Santiago en el que tuve que conocer a Cristina a distancia ya que todavía me encontraba enfermo, y en el que nos quedamos los primeros días en casa de Charly, en lo que fue nuestro primer contacto con un hogar tras seis meses de viaje. Qué gozada. Y para completarlo, se encontraban allí también sus padres, que uno de los días nos homenajearon con un cocido y unas croquetas que dado mi estado no pude saborear como se merecían.

De Santiago poco que contar, pués a parte de continuar enfermo, más allá de su espectacular localización al lado de la cordillera de los Andes no me pareció que tuviera mucho que resaltar. El último día, en el que ya me encontraba mejor, nos acercamos a la costera y querida ciudad de Neruda, Valparaíso. Excursión de un día que recomiendo aunque sólo sea por sus coloridas casas y sus empinados cerros en torno a la playa.


17. Chile

viernes, 19 de febrero de 2010

Cura de playa en Filipinas

Nada más aterrizar en Manila te das cuenta que los filipinos son diferentes al resto de los asiáticos. La sonrisa y el humor como bandera y la cercanía de los filipinos te hacen sentir más cerca de casa, en una forma de ser que nos parecía una mezcla entre Asia y Sudamérica. El descubrimiento del viaje, y sin duda, el primer lugar al que volvería de los visitados en Asia, ya que con más de 7 mil islas está claro que nos quedó mucho por conocer.


De Bangkok volamos a Manila, para rápidamente dirigirnos hasta la isla de Boracay en la que nos quedamos durante una semana. Una isla de ambiente relajado y todavía sin masificar, donde los turistas extranjeros no superan en número a los locales, siendo sorprendentemente los rusos son los más numerosos del lugar. Las playas del oeste de la isla no tienen nada que envidiar a las mejores que hemos visto durante el viaje (que seguramente hayan sido las Islas Guili en Indonesia o Pulau Tioman en Malasia) y que diariamete por la noche se convierte en un paradisíaco lugar para tomarse unas copichuelas y el bailoteo. Mientras que las playas del este, con el viento acudiendo puntual a su cita, las hacen perfectas para la práctica del kitesurf. Aprovechamos por tanto para darnos los baños playeros que echamos en falta en Kho Phagan, y tomar un curso de Kitesurf durante tres días, en el que aprendimos a ponernos de pie sobre la tabla, no sin dificultades, pero lo suficiente para poder continuar el aprendizaje en otro lugar por nuestra cuenta de este sin duda divertido deporte.

Y si el humor de los filipinos no fuera poco para sentirnos más cerca de casa, el primer día que llegamos nos tomamos un bocata de jamón con un plato de queso manchego. No era un Vega Sotuelamos (años luz), pero después de más de cinco meses echando de menos estos sabores, fue difícil contener las lágrimas. Y es que algo queda de la influencia española en filipinas, aunque solo sean los nombres de las calles y plazas o de muchos de los propios filipinos (rebautizados por los sacerdotes españoles hace más de cuatrocientos años a), y que hace difícil no sonreír cuando te dicen que su nombre es Francisaco Mancebo o Gregoria Hernández.


El dueño del hostal donde nos hospedamos, en otro muestra de simpatía, nos invitó a su casa de la cercana localidad de Calibo (de donde era natural), donde se celebraba la siguiente semana un festival en el que los sonidos musicales y los disfraces que vimos en las fotos nos recordaban al carnaval. Hicimos lo posible por retrasar los vuelos una semana para poder aceptar tal generosa invitación, pero nuestros amigos de LAN Chile y nuestro querido billete de vuelta al mundo no nos lo permitieron (cuando termine el viaje os contaré la guerra que nos ha dado el billete de vuelta al mundo, para posibles interesados), así que lo tenemos como asignatura pendiente para viajes futuros.

16. Filipinas. Boracay

miércoles, 3 de febrero de 2010

Nochevieja en Kho Phagan

Como la diversión viene por la compañía y no por el lugar, decidimos pasar la Nochevieja junto a nuestros amigos Cory y Marco, cuyo destino común era la isla de Kho Phagan en Tailandia. Cory ya se encontraba en la isla calentando motores para Nochevieja, pero se paso de frenada y nos llamo contando que se había fracturado dos costillas en la noche de navidad. Y Marco ya se encontraba con nosotros en Vientián en dirección a Kho Phagan, nuestro nuevo destino para fin de año que venía a sustituir a nuestras añoradas Islas Filipinas.

Hicimos noche en el tren nocturno entre Vientián y Bangkok para llegar a las 6 de la mañana y comprobar que los autobuses hasta Kho Phagan no salían hasta las 21 de la noche, ya que los trenes que hacían dicha ruta estaban todos llenos.

No hay mal que por bien no valga, y tomamos la sabía decisión de pasar el domingo en Bangkok en las carreras de caballos, donde pasamos un día de lo más divertido apostando a las carreras con metodología de la más diversa y que seguro se os hace familiar: “ese lleva los colores del Betis”, “mira con que gracejo trota”, “con ese nombre tan cachondo lo siento pero yo le meto ficha”, con el resultado económico por todos conocido.

Tras un agotador y multitudinario viaje de casi 20 horas entre autobús y bote, llegamos a la isla donde nos esperaba nuestro amigo Cory en estado catatónico. Aunque finalmente las costillas no estaban rotas y tardaría menos en recuperarse de lo inicialmente previsto, tenía quemaduras por todo el cuerpo y le había salido una erupción que hacía que para despertarle por las mañanas usáramos un palo.

Kho Phagan es una isla muy famosa de Tailandia (primera vez que la oía) por sus fiestas de la luna llena, y esta era la primera vez en 18 años que la luna llena coincidía con Nochevieja, por lo que la fiesta estaba garantizada. Lo que a priori suena muy bonito, una vez allí, a los 5 minutos ves que el ambiente es muy semejante a Benidorm o Magalluf en Mallorca. Masificado y bastante cutre. Mucho veinteañero británico, australiano, israelí y nórdico, bebiendo a todas horas en una competición por mostrar quien es el más cuadrado y el más animal. Y para más inri, el porcentaje de chicos vs chicas se puede acercar al de un concierto de Metallica.

Y como siempre hay que hacer en estas ocasiones, donde fueres haz lo que vieres. Así que pasamos cuatro divertidos días playeros con nuestros amigos, saliendo de fiesta y predicando los versos del Peña de Trago, con la única salvedad de una excursión en moto a las playas más tranquilas del oeste de la isla en el día que nos tomamos un descanso.

Con todo lo dicho anteriormente la fiesta de Nochevieja fue espectacular. Cerca de 40 mil personas abarrotando la playa, con juegos con fuego haciendo presencia en cada esquina y donde los locales ponían el punto más divertido con sus técnicas para vender las bebidas. La fiesta continuó hasta mínimo las 9 de la mañana, hora en la que dio paso a desfile de zombis y en la que nosotros pusimos fin a nuestro periplo por las islas tailandesas.


15. Tailandia. Kho Phagan

jueves, 28 de enero de 2010

Adios a Laos y a una experiencia única

Una vez con nuestro amigo Lenovo de vuelta, decidimos que la vuelta a Luang Prabang la haríamos por una ruta diferente. Después de recoger los 35 km desde Muang May hasta Muang Khua a la carrera (ya que a las 7 de la mañana cerraban el camino por obras) cogimos un bote que tras 5 horas descendiendo el río Nam Ou nos dejo de nuevo en Nong Khiew.

Desde allí continuamos viaje hasta Vieng Kham donde hicimos noche, siendo imposible encontrar un lugar con agua caliente o electricidad para dormir. Y desde Vieng Kham hasta Luang Prabang, hicimos los 140 kilómetros más espectaculares durante las más de dos semanas que estuvimos en Laos. Un camino de arena y piedras que discurría por el filo de las montañas, con empinadas cuestas y bajadas, tanto que para una de ellas nos tuvimos que bajar de la moto y empujarlas a pie. Nos paramos durante el recorrido a ver la celebración que hacen del año nuevo en los pueblos de la etnía conocida como Hammon, en la que los más jóvenes están durante tres días pasándose continuamente unas pelotas negras unos a otros sin dejar que toque el suelo. Un jolgorio y un desfase de año nuevo como podéis comprobar.

Una vez llegamos a Luang Prabang y visitamos las cataratas Tad Sae (nada espectacular), continuamos hasta Vang Vieng (25 mil habitantes) , esta vez por la asfaltada carretera principal. Igualmente el viaje merece la pena, ya que en los alrededores de Phou Khoun las vistas de los picos por los que transita la carretera no tienen nada que envidiar a las montañas del norte de Vietnam.

Vang Vieng pasa por ser el sitio de moda y “fiesta” en Laos para backpackers, donde se ha puesto de moda bajar el río Nam Song sentado en un viejo neumático, haciendo paradas en cada bar de los que pueblan ambos orillas del río para llegar en estado por todos conocido al final del recorrido (tubing le llaman). Me recordó en cierta manera al descenso del Sella, aunque me quedo sin duda con el recorrido asturiano. De todas formas, llegamos tan cansados y débiles que no teníamos el cuerpo para fiestas, así que nos saltamos el tubing y al día siguiente decidimos continuar hasta la capital de Laos, en un recorrido, esta vez sí, sin nada que resaltar.

Vientián (200 mil hab.) es una ciudad de influencia francesa con muy poquito encanto más allá de la rivera del paso de nuestro archiconocido río Mekong. Celebramos la Nochebuena cenando en un restaurante francés en lo que ha sido la mejor comida del viaje hasta la fecha, donde los franchutes expatriados se dejaron llevar por la música francesa al final de la cena y salimos a la carrera, no siendo posible encontrar un bar abierto con un poquito de ambiente para celebrar la navidad. Al día siguiente sí que dimos con un par de bares para salir por la noche, y para nuestra sorpresa, nos encontramos con un gaditano aprendiz de mago, Marco, con el que habíamos coincidió un par de veces en nuestro recorrido por Laos, y que desde entonces se uniría tanto a la salida nocturna por Vientián, como a pasar la Nochevieja en Tailandia.


Lo peor la venta de las motos. Resultó ser mala fecha para vender las motos, ya que con la Nochevieja a la vuelta de la esquina, no encontramos extranjeros interesados en esas fechas por comprarlas, y si a partir del 1 de enero, fecha en las que ya teníamos previsto haber abandonado el país. Decidimos venderlas a una compañía de Vientián que nos había ofrecido 225 $ por cada una. Y el propietario de la misma, que desde el primer momento ya vimos que no era persona de confianza, en el último momento nos hizo la 3 catorce, y cuando fuimos a entregárselas, nos dijo que había que cambiar no se que piezas y que nos ofrecía 140 por cada una. Estaba claro que nosotros ya teníamos el billete de tren comprado y nos íbamos a ir, así que pese a mi opinión, que era más de regalárselas a cualquier laosiano o incluso tirarlas al río, se las vendimos. Os dejo el nombre de la empresa por si alguna vez vais por allí mejor no os acerquéis: Remote Asia Travel.

Y con esto finalizamos nuestro viaje en moto por Laos y Vietnam de casi un mes y más de 2.000 kilometros, en sin duda, una de las experiencias más especiales del viaje. Teniendo como resultado que en mi vuelta a Spain tengo pensado comprarme una moto de enduro y hacer compañía al Abuelete de Canterbury en sus salidas domingueras. Como lea esto mi madre le da un soponcio.

jueves, 21 de enero de 2010

"El portatil". Desenlace final

Resulta que alguien estaba conectado en internet con mi cuenta de Skype que estaba configurada de manera automática, lo cual no dejaba de ser extraño ya que el único lugar con internet de la provincia donde lo habíamos perdido era la propia ONG, por lo que pensamos que lo más posible es que hubiera pasado a Vietnam. Después de llamar y que no hubiera respuesta, le ofrecimos a través de un mensaje, tanto en Inglés como en vietnamita, 300 dólares por recuperar el portátil y el resto del contenido. Si bien esa noche no hubo respuesta, a la mañana siguiente nos llamaron de la ONG diciendo que les habían llamado de la policía, que había un granjero que tenía un amigo en un pueblo remoto de las montañas de Laos que tenía la bolsa.

Esto fue el principio de una negociación desesperante con demasiado intermediario de por medio (pensamos que lo podía tener la propia policía) en el que nunca nos quedó muy claro que estaba pasando y qué papel tenía cada uno, pero que si sabíamos que ellos querían el dinero y nosotros recuperar la bolsa. Así que finalmente llegamos a un acuerdo por los 300 dólares que habíamos ofrecido por Skype.

Lo más desconcertante fue el lugar de encuentro, ya que nos decían que teníamos que ir a recogerlo a un pueblo que estaba a un día de caminata (no había camino ni para ir en la moto) desde Muang May. Os podéis imaginar la gracia que nos hacía pensar en cruzar las montañas a pie de un país donde todavía quedan por explosionar 250 mil bombas de racimo que los americanos dejaron como regalito a Laos durante la guerra de Vietnam (en muchas ocasiones lo usaron como campo de pruebas) y que todavía causan unas casi 400 muertes al año, principalmente granjeros y niños.

Por tanto, de vuelta a la frontera de Vietnam, a unos 400 km de Luang Prabang, donde finalmente quedamos para recoger el portátil. Como teníamos cuatro días para llegar hasta dicho punto (ya que ellos decían que no podían estar antes), un par de días nos desviamos hasta la zona de Nonh Kiau, donde estuvimos recorriendo las montañas en torno al río Nam Ou, en uno de los recorridos más bonitos que hicimos por Laos. Aprovechamos también nuestra tranquila vuelta a Muang May, para parar en un par de poblados a tomar un descanso, donde era de lo más divertido ver a los niños como no paraban de reírse cuando se veían en las fotografías.

La recogida del portátil fue un poco de película. Acudimos en un jeep acompañados por dos trabajadores de la ONG (Holger estaba de vaije), a las 10 de la noche y con la intranquilidad en el cuerpo. Nos metieron en la casa del jefe del poblado fronterizo con Vietnam (con el puesto fronterizo de Laos a escasos 100 metros) donde todas las cosas estaban clasificadas y plastificadas como si lo hubiera hecho la misma policía. Nos dejo mal sabor de boca el tener que pagar el dinero a dicha gente que se le veía demasiado familiarizado con el tema. Así que finalmente pagamos tal como habíamos acordado y volvimos a Muang My a hacer noche abrazados a nuestra querida bolsa.

Final feliz pero sin perdiz, otra vez con sopa con noodles.

sábado, 16 de enero de 2010

Conociendo Laos a base de whisky de arroz

Un pequeño país de apenas siete millones de habitantes con un carácter mucho más relajado y pacífico que sus vecinos vietnamitas o chinos, de los que ya nos contaron algún que otro movimiento para empezar a poblar de amarillos el territorio (¿el comienzo de una conquista por ocupación?).

Tuvimos la suerte de, nada más perder la mochila, conocer a Mr. Holger, director de una ONG alemana establecida en Laos y que nos ayudó, no sólo a intentar recuperarla, sino también a conocer un poquito mejor como es la vida en Laos durante nuestra estancia en el pueblo fronterizo de Muang May.

Muang May no es más que un poblado de no más de 500 habitantes, donde como en el resto de la provincia, no dispones de electricidad, ya que el generador estaba estropeado y no había presupuesto para repararlo, siendo solo unas pocas casas privadas las que contaban con generador propio. Por desgracia no era la situación de nuestro guest-house, por lo que aparte de hacer imposible darse una ducha con un agua gélida, a las 5 y media cuando se hacía de noche poco más había que hacer que dar vueltas por el pueblo con nuestras linternas alumbrando a pollos y gallinas por igual. Aunque lo más duro a largo plazo resultó ser la dificultad para encontrar algo diferente para comer que no fuera sopa con noodles. Si bien es cierto que por 3 euros te mataban el pollo que señalaras con el dedo, lo cocinaban de tal forma (o sería lo que el pollo había comido, a saber) que ni con esas se podía comer medio decente.

Dedicamos el día siguiente de perder la mochila a dar parte a la policía, recorrer los poblados de los alrededores en el camino a la frontera con Vietnam ofreciendo 100 dólares de recompensa por recuperar y enseñar a los chavales del pueblo como se juega al futbol :-).

Decidimos pasar un par de días más en el pueblo para ver si la mochila daba señales de vida, lo suficiente para que Holger nos invitara a acompañarle a una visita a uno de los pobladas con los que iban a empezar a trabajar desde la ONG, donde el alemán se encuentra solo en su condición de extranjero.

Se trataba de un remoto pueblo a unos 30 km al norte de Muang May, con una media de 2 niños por adulto como poco, donde fuimos testigos de una asamblea a la que asistió un representante de cada familia (unas 25 familias), para decidir qué proyectos (o ambos) que ofrecía la ONG se decidían a acometer (en concreto se trataba de implantación del sistema irrigación o de abastecimiento de agua), ya que la mano de obra corría de parte del propio poblado, mientras que la ONG aportaba el “expertise” y la comida durante la duración del proyecto (los agricultores por ejemplo se ven obligados a abandonar el campo durante su duración). Tras celebrar la reunión, el jefe del poblado elegido por las familias durante tres años, como es costumbre local nos invitó a comer y beber, siendo el plato estrella más apreciado por aquellas latitudes la sangre de pato cruda. Y como también es tradición, acabamos todos borrachos a base de pelotazos de whisky de arroz fumando la “pipa de la paz”, donde el padre del alcalde hacía las veces de guardia de seguridad (homologated) de que todo el mundo bebiera lo que es debido. Una experiencia como poco curiosa.

Abandonamos Muang May con la tristeza de no volver a ver el portátil en dirección a Udomxai, donde a partir del pueblo de Muang Khua el camino se convirtió en una llevadera carretera en muchos tramos asfaltada. En dicho trayecto conocimos a un irlandés (el primer occidental que conocimos en algo más de diez días aparte de Holger), que había salido de su casa de Dublín con la intención de dar la vuelta al mundo en bicicleta, y tras un año se encontraba a punto de cruzar la frontera de Vietnam. Después de mostrarle nuestros respetos por semejante locura, no pudimos dejar de comentar su aspecto de cadáver sobre ruedas.

Tras nuestro paso por Udomxai, continuamos hasta la ciudad de Luang Prabang (77 mil habitantes), donde volvimos a vernos envueltos por el turismo y sus añoradas comodidades como la comida variada y el agua caliente. Declarada patrimonio de la humanidad por sus más de 50 templos de origen budista, merece mucho más la pena los encantos de la naturaleza que la rodean como las famosas cataratas Tad Kouang Si o la unión de nuestro querido río Mekong con el Nam Khane.

Y estábamos planeado una excursión a una de estas cataratas cercanas cuando me llama Elena (kansi) y me dice que alguien está conectado a Skype con mi cuenta. Toma ya.

martes, 5 de enero de 2010

Entrada triunfal en Laos

Quién nos iba a decir cuando nos levantamos un soleado día de diciembre que durante un día entero de conducción se pueden recorrer solo 70 kilómetros.

Para empezar bien la mañana en nuestro idea de cruzar la frontera de Laos bien temprano, a los 20 minutos de ponernos en marcha la moto de Juan Fran pinchó la rueda delantera. Suerte tuvimos (para variar), que en mismo lugar donde pinchamos, la gente nos echó una mano (o más bien las dos) para cambiar la rueda. Tras el inoportuno parón de algo más de una hora, nos damos cuenta que el freno delantero ha quedado sin servicio, por lo que de vuelta a Dien Bien Fu a la respectiva visita al mecánico.

Tras ajustar el freno, recorremos los 35 kilómetros hasta la frontera de Tay Trang, donde cruzar ambos pasos fronterizos nos llevó algo más de dos horas, y pudimos confirmar la falta de papeles no supone mayor problema para poder pasar la moto en Laos.

En el propio paso fronterizo se anticipa lo que te vas a encontrar en el país vecino. La carretera se transforma de decentemente asfaltada, a un camino de arena que alterna piedras, gravilla, baches y surcos a su antojo. Y es que la diversión y la aventura en Laos, viene principalmente por la falta de infraestructuras como carreteras asfaltadas, que únicamente comunican los principales núcleos urbanos. Para el resto de los desplazamientos te puedes encontrar desde decentes pistas de arena, hasta caminos pedregosos y bacheados llenos de barro. Y eso que tuvimos la suerte de que era temporada seca, ya que según nos contaron, en temporada húmeda, nuestra moto, que nos sorprendió gratamente por su capacidad para ir cómodamente por todo tipo de terreno (y hasta donde no había ni terreno), se hubiera quedado corta.

Junto al estado de los caminos se suma encontrarte con todo tipo de riachuelos, puentes de madera en más que dudoso estado, árboles caídos, ríos sin puente que lo cruce que te obligan a negociar con algún barquero local para poder atravesarlo,… un show. Y todo ello en un impresionante paisaje selvático virgen en el que nunca sabes que te puedes esperar. Para colmo no habíamos sido capaces de encontrar en Hanoi nada parecido a un mapa de carreteras de Laos, por lo que nuestra única guía era un par de mapas que habíamos encontrado en internet y que llevábamos en la cámara de fotos para poder enseñar a los locales. De lo más útil.

Y en uno de estos imprevisibles caminos estábamos, en plena bajada de una empinada cuesta, cuando me paró un local (fotógrafo de profesión) y tras un par de gestos se me monta en la moto. Así que despacito y con cuidado continuamos montaña abajo con nuestro nuevo acompañante. Pero para nuestra sorpresa, a 15 km escasos pasada la frontera, nos encontramos el camino cortado por obras. Y para peor señal, mi acompañante se baja y se despide, está claro que esto va para largo. Más de dos horas parados por obras hasta las 5 de la tarde, cuando anochece a las 5 y medial, por lo que tenemos media hora para llegar al pueblo más cercano de la frontera, que se encuentra a 35 kilómetros de la misma. Como no podía ser de otra manera nuestras motos nos dan otra "alegria" y las luces de mi querida amiga dejan de funcionar, por lo que nos encontramos recorriendo un camino repleto de charcos y baches en plena noche y sin luces.

Tras llegar finalmente al pueblo y abrazarnos de alegría, nos llevamos el susto de que el único hotel del pueblo está completo, pero por fin encontramos alojamiento en casa de una familia que alquila habitaciones. Y llenos de barro y con la sonrisa en la boca por un día no falto de tensión pero inolvidable, nos damos cuenta que una de las bolsas de la moto de Juan Fran se ha caído de la moto, con el portátil, el pasaporte y los papeles de la moto junto a otras cosas menores. Final triste para un día que había resultado agotador pero de lo más divertido.


14. Laos

domingo, 3 de enero de 2010

El norte de Vietnam visto desde la moto

Como no podía ser de otra manera nos lo pasamos como enanos durante la semana que recorrimos casi mil kilómetros por el norte de Vietnam, en nuestras motos bielorrusas que en plena faena le dan un aire a un antiguo ferrocarril soviético por la cantidad de humo que desprenden (mi pequeña contribución al agujero de ozono).

El paisaje es espectacular durante todo el recorrido. Impresiona encontrar plantaciones de arroz en los lugares más remotos y a todo tipo de alturas, espectaculares picos entre lagos, carreteras sinuosas al borde de acantilados, valles cubiertos por la niebla al atardecer,… y con, generalmente, carreteras asfaltadas y en buenas condiciones que te permiten disfrutar de las vistas.

Por otra parte, pasas de ser visto como un dólar andante a ser invitado a comer y beber en numerosas ocasiones. Vas atravesando pueblos donde los niños salen de las casas a saludarte dando botes de emoción. Hemos chocado más manos y saludado más gente que los príncipes cuando van a Cuenca. E impacta ver como los niños de 4 años van al cole andando solos cogidos de la mano, mientras que los de 7 ya trabajan para la casa o en el campo.

El primer día, la salida de Hanoi, el más peligroso de todos. A no tener soltura con la moto, se sumó que Hanoi está “infectada” por millones de motos cuya regla básica de conducción se basa en apurar las distancias hasta que uno de los dos se decida a frenar. Dos horas largas tardamos en salir de la ciudad y coger la carretera 6 que se dirige hacia el norte haciendo noche a 70 kilómetros de la ciudad en Hoa Binh.

El segundo día abandonamos la carretera principal y nos dirigimos hacia Phu Yen. El viaje en este punto adquiere otra dimensión, tanto por el paisaje, como por la gente que vas encontrando, ataviados con trajes tradicionales de lo más coloridos. Eso sí, tus posibilidades de encontrar alguien que hable inglés también pasan a ser cercanas a cero. Durante dicho trayecto, Juan Fran mordió el polvo en una curva, sin más incidentes que unos rasguños en las manos, y como consecuencia, durante unos días pasó a ser conocido como la Mary Poppins de la carretera. Por la noche en Phu Yen nos invitaron a un Karaoke, donde el espectáculo, como podéis imaginar, fue lamentable hasta que no nos bebimos el tercer cubata y todo pasó a ser mucho más llevadero.

Al día siguiente, en el trayecto hasta Mu Cang Chai, subimos la montaña más alta del viaje durante más de dos largas horas, con la recompensa de las vistas más impactantes que tuvimos la suerte de presenciar durante todo el recorrido, con un abrupto valle totalmente cubierto por la niebla en su cima. Tanto nos impresionó, que las numerosas paradas hicieron que se hiciera de noche, por lo que paramos antes de llegar a nuestro destino en un pequeño pueblo donde esta vez otro grupo de seis jóvenes nos invitó a cenar en el único bar que fuimos capaces de encontrar.

Decidimos pasar un día en Mu Cang Chai, para darle un descanso al culo y la espalda que han sufrido como ningunos los vaivenes del viaje, y aprovechamos para una caminata por las montañas de los alrededores. Lo peor, la gran cantidad de perros que merodeaban la ciudad con bastante malas pulgas. Tanto, que hasta para ir a cenar a poco más de 500 metros decidimos coger las motos. Desde Mu Cang Chai, dos días más de conducción con noche en Tuan Giao y Dien Bien Fu (a 30 kilometros de la frontera con Laos), donde según se acerca el país vecino el paisaje pierde enteros y se hace algo repetitivo.

Y de nuestras motos, que os voy a contar. Todos los días nos dan alguna sorpresa, pero siempre acaban llevándonos a nuestro destino. Durante el mes que hemos estado con ellas hemos cambiado la caja de cambios, ajustado el freno, el embrague, el acelerador, las luces, hemos pinchado, cambiado el transformador, se ha parado por un calentón en medio de una subida, … Una relación amor odio donde la línea era tremendamente fina. Pero donde ya os adelanto que terminó triunfado el amor :-).


13. Vietnam. Norte (motos)

viernes, 25 de diciembre de 2009

Preparación de la aventura en moto

Nos dimos dos días para preparar el viaje. Lo más importante, la moto a comprar. Tras muchas deliberaciones y pajas mentales, con visita incluida al mercado de segunda mano de Hanói, donde las pocas motos que probamos bastante teníamos con no caernos de la moto ante la sorpresa de los presentas (ya que nunca habíamos conducido una moto de marchas), decidimos que lo mejor era comprarnos la más barata y mítica de las motos en Vietnam, ante la diferencia de precio que existía con una moto en condiciones, y sumar un punto de aventura si cabe al trayecto.

Y la más mítica de las motos en Vietnam es una “Minsk” de fabricación bielorrusa de principios de los 90, de 125 c.c., con las que más de un turista se ha recorrido Vietnam de norte a sur. Finalmente terminamos pagando 400 dólares por moto (algo más caro de lo habitual, entre 300 y 350, pero nos encaprichamos con unas que iban como la “seda”), con la esperanza de poder revenderla al final del viaje.

Una moto un tanto especial. Para empezar, pesa una tonelada. Y es que otra cosa no, pero robusta y duradera, seguro que es. De cuenta kilómetros, indicador de marchas, nivel de gasolina, velocímetro,… o cualquier cosas que se asemeje a un indicador, por supuesto, no contéis. Nuestro “vendedor” nos dio unas clases rápidas de mecánica para posibles averías (con lo que me cuesta a mí atender), que completamos bajándonos un manual de reparaciones de internet.

Y porque no decirlo, la Minsk tiene sus manías, como cualquiera de nosotros, como que cada vez que le echas gasolinas tienes que poner entre un 2% y un 5% de aceite mezclado con la gasolina. Imaginaros el pifostio que montamos cada vez que paramos en un pueblo perdido de la mano de dios, para conseguir explicarles que nos pongan un embudo en la moto y poder echarle el aceite mientras repostamos.

En cuenta a que necesitábamos para la compra nos surgían muchas dudas, ¿necesitamos seguro? ¿es suficiente nuestro carnet de conducir coches internacional?. Para resolver estas dudas nos metimos en internet, pero las respuestas oficiales de que necesitas de todo y por duplicado, no nos convencieron. Así que preguntamos en la calle, donde nos dijeron que en Vietnam y Laos no hay problema, ya que todo se puede solucionar con unos dólares por la espalda, incluido el paso fronterizo, mientras que en Thailandia parece ser otra historia donde si es recomendable tener los papeles en regla. Por tanto, decidimos que nuestra aventura terminaría en Viettian, la capital de Laos al sur del país pegando con la frontera Tailandesa, y allí fue donde enviamos nuestras maletas, dejando una mochila por cabeza para hacer más fácil el trayecto en moto.

Una vez solucionado el tema de la moto, nos hicimos con un mapa de carreteras del país, y nos fijamos un itinerario por el montañoso norte de Vietnam, alejándonos lo máximo posible de la carretera principal del norte. Y nos compramos una guía de conversación ingles – vietnamita para asegurar la supervivencia y la diversión.

Y con esto, nos lanzamos a la carretera.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Hanoi y Halong. Visita obligada

"No thank you”. Mi frase más repetida durante nuestra estancia en las zonas turísticas del norte de Vietnam, a la multitud de vendedores que nos han intentado cobrar de más. Y es que el turismo, más allá de que te hace sentir uno más del montón, acaba transformando el carácter de algunas de las personas que lo rodea, que pasan a verte únicamente como un dólar andante. Si a este fenómeno le sumamos el carácter de los vietnamitas, que por su avaricia y perseverancia recuerda en cierta manera al carácter chino, resulta agotador tener que desconfiar cada vez que interaccionas con un local.

Obviando este tema, al que volveré más tarde, os contaré que desde Nham Trang cogimos un vuelo a Hanoi, la capital de Vietnam (3,5 millones). Ciudad más acogedora que Saigon y algo más accesible dado su población. La zona de mochileros tiene un ambiente más natural que en Bangkok y Saigón, donde las sillitas de cumpleaños vuelven a hacer acto de presencia en todas las callejuelas del centro, con la cerveza más barata que hemos encontrado hasta la fecha (0,1 euros).

De Hanoi, nos acercamos en autobús hasta la ciudad de Nin Binh, donde nos alquilamos unas motos para poder recorrer sus alrededores, principalmente la conocida como “Halong del interior”, Tam Coc. Multitud de formaciones rocosas que surgen entre campos de arroz, agujereadas por grutas y cuevas que vas atravesando durante una relajada visita en barca, empujadas por remeros que han aprendido a alternar brazos y piernas en sus paladas (eso sí que es optimizar recursos).

De Nin Binh nos dirigimos a la famosa Bahía de Halong en agotador transporte local. Ante nuestra sorpresa, lo que en un principio parecían ser tres asientos por fila, resultó que era posible encajar a seis vietnamitas como piezas del tetris nada menos que durante 5 horas. En las filas donde estábamos nosotros, dado que ocupamos como un 50% más que un vietnamita, se conformaron con 5.

La Bahía de Halong es espectacular. Más de tres mil pequeñas islas en un reducido espacio en el golfo de Tonkín, donde las rocas surgen del mar en todos sus rincones. La bruma hace acto de presencia durante casi la totalidad del día, y ayuda a sumarle magia al lugar.

El lado negativo, como no podía ser otro, la marea de turistas con las que estás obligado a visitarla bahía (dos días y una noche que pasamos en un barco chino) y la actitud de los vietnamitas del lugar. Personalmente toque fondo con lo que respecta a los sitios turísticos, y decidí que no me compensa por muy bonito que sea el lugar estar rodeado de dicha atmósfera.

Por tanto, tras estrujarnos la cabeza en buscar la mejor forma de alejarnos de dicho mundo temporalmente (seguro que tras un poco de incomodidades apetece volver), y tomando como referencia el viaje en moto que nuestro amigo Cory nos había contado por el norte de Vietnam, tuvimos una idea “brillante” que nos permitiría movernos con libertad y alejarnos de las principales atracciones turísticas, sin tener que sufrir la falta o la lentitud eternizante de los medios de transporte locales. Comprarnos una moto y recorrer con ella el norte de Vietnam y Laos hasta Bangkok.


12. Vietnam. Hanoi y Halong

martes, 22 de diciembre de 2009

Incursión en el Sur de Vietnam

Después de ver tanta película de guerra ambientada en Vietnam, que mejor que cruzar la frontera entre Camboya y Vietnam a través del río Mekong, en una barca capitaneada por una simpática pareja vietnamita. Un relajado viaje en el tiempo (y no sólo por la lentitud de la barca) a través de multitud de riachuelos, modestas barcas y casas de madera, e interminables campos de arroz.

Como parada en el Mekong, elegimos la ciudad de Can Tho (1,1 mill.). En lo que iba a ser mi renovado afán por alejarme de los lugares turísticos, una de las noches que pasamos en la ciudad, con el “abuelo Juan Fran” cansado, le pedí a un moto – taxista (te vale cualquiera que lleve una moto) que me llevará al lugar donde se concentraba la gente local, ya que no me podía creer que los cuatro bares del centro, con 5 guiris y 10 “sospechosas” vietnamitas por bar, fuera el ambiente real de la ciudad. Por 0,3 euros me llevo a una explanada al lado del estadio de futbol, unos cinco kilómetros del centro, donde los jóvenes se juntaban alrededor de mesas en pequeñas sillas tipo “cumpleaños de mi sobri”. Abastecidos de alcohol y comida por puestos ambulantes que surgieron de la nada. Lo más parecido a un botellón “light” que he visto hasta la fecha, donde a los pocos segundos de sentarme a tomarme unas cervezas, la gente se fue acercando a preguntarme no sé bien qué, porque no hablaba nadie ingles. Tras la cuarta cerveza, paso a ser una de las noches más divertidas del viaje.

Tras nuestro paso por el Mekong, viaje en autobús a la ciudad de Saigón (7,1 mill.), que pese al empeño del gobierno comunista en llamarla Ciudad de Ho Chi Min (fundador del partido comunista) desde su invasión en 1975, sus habitantes continúan refiriéndose a ella como Saigón, ya que por estas latitudes de Vietnam, lo del comunismo sigue sin calar. Ciudad con más parecido a Bangkok que a la propia Hanoi, donde impacta la multitud ingente de motos que pueblan la ciudad a cualquier hora del día y de la noche.

De Saigon, 10 horas en tren hasta Nham Trang (350 mil), donde teníamos intención de realizar un curso de kite surf, pero que no fue posible por ser temporada baja y el único centro que realizaba cursos en dichas fechas nos quería cobrar una fortuna. La ciudad, que tiene toda la pinta de convertirse en un futuro cercano en la Benidorm de Vietnam, no merece una visita. Pese a que alejándote unos kilómetros hacia el norte (nosotros fuimos en bicicleta), al pasar el puente que divide la ciudad, es posible encontrar una ciudad pesquera con algo de más encanto que los hoteles y luces de neón de su centro urbano.


11. Vietnam.Sur

lunes, 21 de diciembre de 2009

De regalo de navidad... el portatil

Pues eso, que hemos recuperado el portatil, despues de una historia para no dormir y mas de 600 km para tenerlo de vuelta. Asi que enseguida pongo al dia el blog y os cuento como fue todo.

Feliz navidad sinverguenzas !!!

domingo, 13 de diciembre de 2009

Still alive

Han pasado muchas cosas durante estas ultimas tres semanas desde que abandonamos Camboya. Todas entre buenas y cojonudas, pero una mala. Perdimos el ordenador (junto a los papeles de una de las motos de las que somos orgullosos propietarios) en el cruce de la frontera que hicimos en moto entre Vietnam y Laos, a lomos de nuestras miticas "minsk" con la que tambien nos hemos recorrido el norte de Vietnam. Asi que hemos perdido todas las fotos y videos (menos las fotos que hemos subido al blog), y el 100% de las fotos de Vietnam donde hemos estado tres semanitas, y todo lo que tenia escrito sobre nuestra experiencia Vietnamita. Putada sin igual.
A ver si me repongo del mal trago un dia de estos y os cuento como fue todo, aunque sea sin imagenes. :-(
Por nuestra parte ahora mismo estamos recorriendo Laos con las motos, donde la aventura esta en la carretera, ya que mayormente no la hay. Con el objetivo de llegar a la capital, Vientiane, y poder revenderlas.

Hasta pronto.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Que rica la sopa Camboyana

Cinco días pasamos en Camboya, un país que ha sufrido como el que más las guerras y conflictos de la zona y que cuenta con escasos 15 años de democracia. Con un PIB de 500 $ por habitante (el 181 de los 207 países reconocidos), el más bajo del sudeste asiático junto con Laos. Donde las ciudades carecen de alumbrado público más allá de las cuatro calles céntricas dedicadas al turismo, siendo son los comercios los que ponen el colorido a la ciudad, y resultando difícil abstraerse del gran número de niños huérfanos y mujeres que duermen en la calle. Y eso que por las "prisas" (que sin sentido) no conocimos la Camboya rural.

Del país no deja de sorprender que el uso de la moneda local comparte lugar junto al dólar americano (es posible y recomendado sacar dólares en los cajeros), donde para compras superiores a 1 dólar, es más habitual que el propio Riel Camboyano. Se ve que no olvidan que en 1975, con la llegada de los comunistas y del genocida Pol Pot al poder (2 millones de muertos en 4 años, casi la tercera parte de la población del momento), se abolió la propiedad privada y el valor del dinero. Así que por si acaso vuelve a pasar, esta vez prefieren que les pille con dólares en el bolsillo.

Y hablando un poquito del viaje, os contaré que llegamos al país desde Bangkok, cruzando la frontera a pié, para coger un autobús al otro lado de la misma hasta la ciudad de Siem Rep, con casi los mismos habitantes que las mismísima Harvarcete, 160 mil, y con una animada vida y múltiples restaurantes estilo “modernete” en su centro urbano, debido a los cientos de turistas que acuden a ver los famosos y conocidos templos de Angkor que se encuentran alrededor de la ciudad.

Los templos son el último vestigio de la ciudad perdida de Angkor, capital del reino Khmer que se extendía a lo largo del sudeste asiático. Restos de más de 1.000 templos, palacios, … (ya os adelanto que las fotos son un coñazo) en una superficie de unos 250 km cuadrados, que permanecieron ocultos bajo los árboles y la vegetación durante siglos, e impresionan al dejar entrever que clase de ciudad existió en el siglo XII – XIII, que contaba con un millón de habitantes cuando Londres apenas alcanzaba 50 mil.

De Siam Rep, partimos a la capital del país, Phnom Penh (1,5 millones), donde puede que debido a las bajas expectativas que tenía sobre la misma, me sorprendió para bien, principalmente la zona del paseo marítimo junto al río Mekong. Para el que quiera fustigarse con los horrores de la guerra, existen varias atracciones en la ciudad, como la visita al “Museo del genocidio", un antiguo instituto de bachiller usado como prisión de guerra y tortura, y que alberga actualmente un museo con la historia y las fotos de las atrocidades cometidas.

Y la gran sorpresa de Camboya, su cocina. En Camboya se come especialmente bien, con sus exquisitas sopas Khmer y sus platos Amok de pescado. Tanto, que nos decidimos a dar un curso de cocina camboyana en Siem Rep, en el que la verdad aprendí lo justito, pero suficiente para realizar un par de intentos en mi futura vuelta a Spain.

10. Camboya

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Excesiva Bangkok

Dejamos indonesia con destino Tailandia, siendo la ciudad de Bangkok nuestra primera parada de los casi dos meses que tenemos previstos pasar entre Tailandia, Camboya, Vietnam y Laos.

La ciudad de mayor vida que recuerdo hasta la fecha, donde pasado y futuro conviven en todos los rincones de la ciudad, y en la que el exceso de la ciudad, con sus calles repletas de mercados callejeros, turistas y atascos de tráfico, unas veces agota y otras entusiasma.

La zona donde nos alojamos durante la semana que pasamos en Bangkok, Khao San y Banglamphu, típica zona para mochileros, si bien es posible encontrar alojamiento de calidad a buen precio y servicios abiertos las 24 horas del día, la numerosa presencia de extranjeros que superan en número a los locales, hace que esta zona (y en general un poco toda la ciudad) pierda mucha de su magia, por lo que para posteriores visitas probaremos otros barrios como por ejemplo el animado Chinatown.

De las visitas en la ciudad, destacaría pasar una velada en el Lumphini Boxing (uno de los dos locales de boxeo de la ciudad), viendo combates de Muay Thai, en el que se intercalan luchas de adolescentes con luchas de adultos, que si bien por su altura, uno diría que no crecieron desde la adolescencia. Lo más destacable, más que los propios combates que terminan siendo algo repetitivo (y donde no sabemos porque los jueces casi siempre dan vencedor al del calzón rojo), es el ambiente de las gradas, donde las apuestas y los gritos de las “aficiones” se entremezclan con la música tailandesa de fondo. También merece la pena la visita al mercado callejero del fin de semana conocido como Chatuchak, con sus más de 15 mil puestos con todo tipo de ofertas, desde serpientes vivas hasta cuadros modernistas. Mientras que la visita al centro cultural y arquitectónico de la ciudad, Ko Ratakanosin, lo dejaría para los amantes de los templos, en los que yo sin duda no me incluyo.

Las salidas nocturnas si bien prometenen una ciudad en la que todos los días de la semana hay ambiente en cualquiera de sus famosas calles dedicadas al ocio (destaca la zona repleta de bares conocida como RCA), se ven diezmadas por el cierre de los bares y discotecas entre la 1 y las 2 de la mañana. Imagino que los locales tendrán sus rincones para continuar la fiesta, pero nosotros no conseguimos dar con ellos. Y es que estode salir temprano es algo que los españoles, por mucho que lo intentemos, no nos acostumbramos.

Fuera de la ciudad, el famoso mercado flotante Damnoen Saduak decepciona de que manera, ya que lo que en el pasado fue seguramente un mercado local sobre el agua, se ha convertido en una atracción para turistas, en el que no es posible moverse sin ser asaltado por hordas de vendedores. Y el conocido como Tiger Temple, famoso por criar en sus alrededores a tigres en libertad, sin duda tiene el punto de poder pasear y fotografiarse junto a unos tigres "domesticados".

Con el eco de las ofertas de las tailandesas todavía en la cabeza, “Massaaaaaaage”, que parece perderse en el infinito, abandonamos la ciudad, con cierta sensación de que sus rincones tienen mucho más que ofrecer que lo que nosotros fuimos capaces de vivir.


09. Bangkok. Noviembre 2009

jueves, 19 de noviembre de 2009

Isla de Java, tierra de volcanes… y sorpresas

De vuelta a la carretera. Tras nuestro descanso playero, nos dirigimos a visitar uno de los 129 volcanes activos que actualmente existen en las 17.508 islas que componen Indonesia, el volcán de Bromo en la isla de Java.

En nuestro recorrido de más de 14 horas en transporte local por bus, ferry y mini-van entre Depansar y Cemero Lawang, el pueblo base más frecuentado para visitar el volcán, recuerdo especialmente una parada en un pueblo en medio de la nada pasada la media noche, donde en la tenebrosa plaza del pueblo, sin ninguna luz que la iluminara más allá del reflejo de la luna, la gente y los perros deambulaban sin rumbo al son del ruido ensordecedor de las oraciones de los muecines por los altavoces, y una chica local se nos acercaba echando un ojo a nuestras mochilas mientras un viejo nos advertía “Be carefull, you get infected”. El “infierno en la tierra” fue nuestra definición para dicha fotografía.

En dicho trayecto, por el contrario, tuvimos la fortuna de coincidir con Don Hasman, un escritor, fotógrafo e intrépido viajero de 69 años, que recientemente había estado recorriendo el camino de Santiago, y que sería nuestro inesperado guía local para nuestra visita al volcán, derrochando conocimiento y generosidad. De la visita al volcán, destaca la visión del mismo bajo la niebla de las primeras horas del día, y el espectacular y colorido amanecer de la sierra que lo rodea, que hicieron que el madrugón mereciera la pena.

Por recomendación de nuestro guía, nos quedamos un día más en el pueblo para ver una ceremonia hinduista local, donde fuimos los únicos extranjeros presentes, y por tanto, con petición de entrevista incluida por la televisión local para el más guiri y vikingo de los tres.

Visitado el volcán, partimos a la ciudad conocida por ser el centro político y cultural de indonesia, Yogyakarta. Volvimos a ser afortunados al conocer a Agus, un joven de 31 años de Yogyakarta que se dirigía a la ciudad, y que por poco más de 20 euros accedió a llevarnos en su coche. Durante el trayecto, nos hablo de sus tres esposas de 16, 19 y 21, años, y que estaba en busca de la cuarta, el máximo permitido por la actual ley islámica, pese a que el primer sultán de la ciudad de Yogyakarta hace doscientos años ostenta el record con 41 esposas. Es lo que tiene ser musulmán.

Durante las 10 horas que duro el viaje, se percibe la densidad de la isla Java, ya que no es posible distinguir donde acaban y terminan las ciudades y pueblos. Y es que para una isla de 132.000 km2, una cuarta parte de la superficie de España, 129 millones de habitantes son muchos habitantes. Habitantes que en sus desplazamientos, no dejan de sorprenderte: cuatro personas en una moto arrastrando a su vez a una bici, niños sentados en las canastas de las motos, personas agarradas por fuera en las furgonetas, adelantamientos por la izquierda o por la derecha indistintamente donde las carreteras de dos carriles constantemente se convierten en cuatro cuando la circunstancias lo requieren, ...

En Yogyakarta, visita obligada al templo hinduista de Prambanan y al templo budista de Borodudur, de la mano de Agus, nuestro nuevo e improvisado guía local. Y recorrido turístico inesperado por la ciudad mientras buscábamos la única tienda donde de manera ilegal vendían botellas de whisky.

Y para terminar, amigos míos, os contare una historia de las que os gustan, que Don nos relató en Bromo, y que Agus nos confirmó en Yogyakarta, y con la que nos quedamos perplejos.

En la ciudad vecina de Yogyakarta, conocida por el nombre de Solo, según nuestros apreciados guías, cada 35 días se celebra una orgia multitudinaria en las montañas cercanas a la ciudad. Orgias que poco más de treinta años eran frecuentes en muy diversos lugares de la isla, pero que actualmente solo se siguen celebrando en las cercanías de la ciudad de Solo. Orgías a las que acuden solteros y parejas de diversos lugares de la isla de Java, en número que varía entre 10 y 20 mil personas. Según nuestros guías, nadie en la ciudad reconocería dicho evento, ya cada vez está más visto como una vergüenza nacional y se considera unos depravados a los que siguen acudiendo, por lo que no se quiere dar a conocer a los extranjeros, que, en caso de acudir o de intentar hacer alguna foto, es más que posible acabar en el hospital. Es por ello que pese a que coincidía la celebración de una de los comentados eventos durante nuestra estancia en Yogyakarta, no tuvimos el valor de acudir para contemplar semejante ritual y poder dar fe de su veracidad. Ver para creer.


08. Isla de Java, Indonesia. Noviembre 2009